Cada uno, cuando nace, nace por encima de los hechos, de los hombres y las cosas. Ocupándose en todo esto, el hombre se hace pequeño, se adhiere a la masa, desaparece al fin, sin dejar ningún rastro de provecho. Solamente los que se mantienen así, tal como nacieron, por encima de los hechos, de los hombres y las cosas, son los que dejan rastro.
Joan Salvat-Papasseit. Mots propis.xxvii
y es así como deja rastro la música de Toti Soler, porque mantiene siempre un estado naciente por encima de los hechos, de los hombres y las cosas. Un estado de permanente alumbramiento de una música que nos es ofrecida para que, aquel que la escuche, logre también tomar distancia y pueda escuchar, provechosamente, algo que le dejará rastro, un rastro de luz y de silencio. Porque la música que Toti compone e interpreta da y pide, paradójicamente, silencio. También luz. Un silencio necesario ahora que todo es ruido. Una luz de belleza imprescindible cuando todo es confuso y oscuro. El silencio que emana de su soledad, de su recogimiento, la luz de sus más intensas emociones, de su sabia savia de poeta que, por encima de palabras, ha escogido para transmitirlas la humildad de un sonido que no necesita engaños, que no busca artificios, que sabe muy bien donde se encuentra lo esencial y donde no hace falta decir nada y si acaso hiciera falta, hacerlo de un modo tan sutil que, a la fuerza, solamente comprendería su sentido aquel que esta dotado para hacerlo. Y a pesar de todo, nada de lo que es humano le es extraño, ninguna violencia, ninguna tensión. El arte auténtico exige siempre una gran tensión y la música de Toti no es avara en tensiones, solo que, su música queda liberada de todo sabor amargo, de toda aspereza que la haría esclava del tiempo, y sabe darle la libertad con que la belleza se mueve, dándole, cuando hace falta, la tristeza y la pasión propias de quien, con toda libertad, añora siempre una vida más alta. A cada época vital, Toti ha dado una respuesta musical. Por eso, en este caso, como siempre tiene lugar ocurre con los grandes maestros, vida y obra se entrecruzan, uniéndose i confundiéndose en un acorde armónico de existencia y arte. Su música ha dado alas a palabras que, cantadas por el mismo o dichas por otros, parece que hayan nacido para que su música las eleve. Su música se ha esposado con toda la naturaleza, con el ciclo de los días y las lunas. Por eso también en ella hay noches de tinieblas i rumores, atardeceres de angustia, tardes azules de paz y mañanas de fuerza iluminada. Universal e inmenso, inunda el mundo con una sensibilidad nada forzada, que brota con naturalidad como consecuencia de su manera de ser: sensible y robusta. Su música, como un árbol centenario de profundas y antiguas raíces, hace pensar en la vida insondable y escondida y muestra, implacable, tota la altura que la vida es capaz de alcanzar...una vida siempre naciente...
Sílvia Amigó
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